miércoles, 27 de agosto de 2014

Un rastro en el cielo




La memoria del justo será bendita.  Proverbios 10:7
Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca. 1 Pedro 2:21-22

Allá arriba en el cielo, a 10.000 metros de altura, el avión, por muy grande que sea, casi no se ve. Pero lo que todo el mundo puede ver es el largo rastro de color blanco que el avión deja en el cielo, a veces visible mucho tiempo después de la desaparición del avión.


¿Qué rastro hemos dejado en el recuerdo de los que nos conocieron? ¿Qué huella dejamos en el corazón de los que nos rodean, en nuestro cónyuge, nuestros hijos, nuestra familia y nuestros amigos? Nos gustaría mucho dejar un rastro de pureza, de amor, de ánimo y de paz. Pero quizá tengamos un peso en la conciencia y sufrimos por haber dado un mal ejemplo. Sin embargo, no es demasiado tarde para reconocer nuestros errores y cambiar de vida. ¡Vayamos a Jesús! Él toma nuestras vidas tales como están, aniquiladas y estropeadas por el pecado. Él las purifica y las transforma. ¿Significa esto que la amargura cede el lugar a la dulzura, el rencor al perdón, el egoísmo a la compasión, el orgullo a la humildad?


¡Desgraciadamente no siempre es así! Pero algunos recordarán una palabra, un gesto de cariño o quizás una advertencia que les impidió involucrarse en un mal camino. Nosotros ciertamente recordamos una conversación, una visita o una carta que nos animó.

De todos modos, el primer deseo del creyente no es dejar un maravilloso recuerdo de sí mismo, sino más bien hacerse pequeño para dejar que Cristo sea visto en él. Juan el Bautista dijo: “Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:30).


FUENTE: © Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

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