lunes, 3 de junio de 2013

«El hombre es un lobo para el hombre» (Plauto, 254-184 antes de Cristo)

No caiga yo en manos de hombres. 2 Samuel 24:14
Nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros. Tito 3:3


Tristemente esta frase es cierta, pues vivimos en un mundo donde las guerras, los genocidios, las torturas y otras crueldades perduran a principios del siglo 21 como en la época del poeta latino Tito Maccio Plauto.
Diariamente se constatan hechos que nos muestran la maldad del corazón humano, pero esto no debe sorprendernos.

En efecto, hace mucho tiempo, las personas consideradas más respetables y que representaban la autoridad y la justicia de su país, crucificaron a Jesús. Y eso que él sólo había hecho el bien durante toda su vida. Al rechazar a Jesús, el hombre rechazó al Dios Salvador, él único que podía cambiar el corazón del hombre desesperadamente malo. 
Desde entonces, ni los progresos de la ciencia y la tecnología, ni las diferentes religiones o filosofías consiguieron mejorar el nivel moral de la sociedad. La historia de todas las civilizaciones muestra que el hombre sigue siendo un lobo para el hombre.

Pero si bien el corazón de los hombres no ha cambiado con el paso de los siglos, Dios sigue siendo el mismo eternamente. Pese a todos los actos de violencia cometidos en la tierra, Dios persevera en su amor por cada ser humano, incluso por el más cruel o corrompido. Desea salvarlo y darle una naturaleza parecida a la suya e inclinada hacia el bien.
 
Aún hoy quiere salvar a todo el que reconoce sus pecados y deposita su confianza en Jesús.


FUENTE: © Editorial La Buena Semilla, 1166 PERROY (Suiza)

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